¿Una solución vietnamita?

Gabriel Puricelli

Hace muchos años alguien le preguntó a Mark Falcoff, habitué de los think tanks republicanos de Washington, si para entender la política estadounidense hacia Cuba desde la caída de Fulgencio Batista había que prescindir del enfoque realista que él defendía en política exterior. El estudioso y notorio halcón no tuvo problema en admitir que para el caso servía una licencia freudiana. La admisión no hacía más que dejar en evidencia un hecho: la política de EE.UU. hacia Cuba fue, desde el momento en que Fidel Castro anunció el “carácter socialista” de la revolución liderada por el Movimiento 26 de Julio, coto de minorías intensas.

La mafia estadounidense del juego y los empresarios expropiados por el castrismo estuvieron detrás de decisiones desastrosas, como una fallida invasión. Sin embargo, nunca tuvieron que rendir cuentas ante el electorado estadounidense por ello: la posición de unos como financistas de campañas y la de otros como nueva y pujante realidad demográfica postergaron por décadas la corrección de una política que nunca fue beneficiosa para ninguna de las partes. Por el contrario, la lógica de la escalada transformó a Cuba en la plataforma desde la cual la Unión Soviética proyectó una amenaza existencial sobre los EE.UU. y puso al mundo entero más cerca que nunca de su aniquilamiento en los trece días de la crisis de los misiles.

El deshielo que comenzara con el levantamiento por Barack Obama de las restricciones para los viajes de estadounidenses a Cuba pegó un salto histórico el martes con la comunicación telefónica entre los jefes de Estado en Washington y La Habana, que se debe a múltiples factores, entre los cuales nos gustaría proponer aquí algunos. En tanto toda la política de EE.UU. hacia América latina es política doméstica, el paso decisivo hacia la normalización de relaciones con Cuba se explica en parte porque cambió la demografía electoral en Miami. En 2012, Joe García se transformó en el primer demócrata no afroamericano en representar al sur de la Florida en la Cámara de Representantes en Washington, expresando una tendencia creciente en cada elección de este siglo hacia un voto menos inclinado hacia los republicanos entre los descendientes del primer exilio post-revolucionario y entre los “marielitos”.

Por el otro lado, en La Habana manda ahora Raúl Castro, que no ha dejado pasar oportunidad para decir que se mira en el espejo de Vietnam para imaginar cómo puede ser un relanzamiento del dinamismo productivo de Cuba y una transición política que le asegure al Partido Comunista el control del proceso en condiciones de mayor (y controlada) apertura política. Lo que el menor de los Castro había subrayado menos hasta ahora es que Vietnam normalizó por completo sus relaciones con EE.UU. en 1994, sin que pasaran ni veinte años de una guerra en la que murieron más de dos millones de vietnamitas, camboyanos y laosianos y que dejó 60.000 cadáveres estadounidenses enterrados cerca del Mekong. EE.UU. y Cuba, sin haberse hecho mutuamente ni siquiera una parte infinitesimal de ese daño, están en un estado técnico de guerra desde hace 54 años. Raúl Castro puede estar dando en este acercamiento a Obama un nuevo significado a la consigna guevarista que propugnaba “uno, dos, tres, muchos Vietnam”.

El camino por recorrer hacia la normalización es largo, pero en la medida en que ambos líderes estén dispuestos a afrontar los costos domésticos que sobrevengan, no hay modo de que no se alcance un nuevo estado de cosas que debió haberse establecido más de una generación atrás.

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