Corbyn, desde la izquierda y desde abajo

Gabriel Puricelli

Aún a riesgo de pasar por otro participante del consenso papista, la metáfora de Ivan Briscoe que vio en Jeremy Corbyn a un Francisco movilizando a la baja iglesia británica es demasiado elocuente para no partir de ella. El veterano diputado no sólo pertenece a una izquierda del Partido Laborista que ya casi había sido expulsada del parlamento, sino que viene más de los márgenes que cualquiera de los viejos próceres socialistas que alguna vez fueron líderes o figuras de peso del partido de los sindicatos. Corbyn no sólo pasó 30 años bien a la izquierda del eje gravitacional del laborismo, sino que, a diferencia de Michael Foot, el líder partidario humillado por Margaret Thatcher en 1983, o del histórico líder izquierdista Tony Benn, nunca estuvo en un gabinete laborista, ni en el gobierno, ni en las sombras.

Para tratar de entender qué clase de terremoto sacudió al partido de Clement Attlee y Tony Blair conviene no limitarse a la geometría ideológica, sino prestar máxima atención a la sociología de su emergencia. En efecto, los análisis que se limitan al primer aspecto se agotan en un enunciado que rápidamente despeja la incógnita del futuro que se le abre al nuevo jefe y a su partido, con un dedo normativo apuntando al centro como el único lugar de un espacio político supuestamente bidimensional donde se decide la victoria o la derrota electoral. Desde esa perspectiva, todo lo que hay que decir cabe en una línea: demasiado a la izquierda, perdedor, que pase el que sigue. Sin embargo, lo fascinante de este temblor que ha sacudido el tablero político en el Reino Unido es la subida a la superficie del movimiento laborista, que el partido siempre ha invocado pero que raramente ha logrado movilizar en la última década, en especial después de la fractura que significó el apoyo de Blair a la guerra con excusas inventadas de George W. Bush en Irak.

El movimiento se apropió del partido por las tres vías que habilitó la reforma estatutaria que se adoptó bajo la conducción de Ed Miliband, que no pasará a la historia como candidato fallido, pero sí como el hombre que democratizó el laborismo. El flamante estatuto eliminó el colegio electoral, donde el voto de los militantes valía un tercio, el de los sindicatos, otro, y el de los diputados laboristas otro, para adoptar el sencillo principio de “un hombre, un voto”. Con la reforma, los militantes pasaron a tener un voto cada uno, los miembros de los sindicatos pudieron afiliarse individualmente (y ya no ceder su soberanía a cada jefe gremial) y cerca de 120.000 británicos pudieron incorporarse al padrón partidario como adherentes mediante el pago de una inscripción de sólo tres libras. Corbyn obtuvo el apoyo mayoritario de las tres categorías de votantes, contrariamente a los pronósticos de que sólo ganaría entre los nuevos adherentes. El único ámbito del partido que lo rechazó (y contundentemente) fueron los parlamentarios: sólo uno de cada diez votó por el nuevo líder.

Esa disonancia es probablemente el dato más elocuente de la elección. En él están encerrados todos los riesgos y todas las posibilidades que Corbyn y los laboristas tienen delante de sí. Si esa mayoría casi unánime de parlamentarios fuera tan indisciplinada con el nuevo líder como esté lo fue entre 1997 y 2010, mientras el laborismo fue gobierno, su suerte estaría echada de inmediato. Si el pánico que hay entre los blairistas más convencidos de que Corbyn los condenará a la oposición eterna toma esa forma, el laborismo atravesará un período turbulento como otros que ha atravesado en el pasado, facilitando la supremacía que los conservadores han detentado en los últimos cien años. Si, por el contrario, encuentran un compromiso como el que se logró para conformar el gabinete en las sombras, se podrá tal vez lograr una sinergia entre las bases movilizadas del movimiento y el estrato profesionalizado del partido.

La máquina de la prensa conservadora se ha lanzado sobre Corbyn con la misma saña con que se lanzó sobre Ed Miliband (que también fue visto como un giro leve a la izquierda hace cinco años). Lo esperable. Más problemático es el modo en que gran parte de los sectores progresistas metabolizan el giro a la izquierda, haciendo propia la lectura conservadora del por qué de la derrota laborista más dolorosa: la que en 1983 permitió la reelección de Thatcher. En lugar de constatar que la Dama de Hierro era la jefa de gobierno más impopular hasta que Leopoldo Fortunato Galtieri decidió el desembarco argentino en Malvinas, se atribuye su continuidad al izquierdismo inscripto en la plataforma laborista para esa elección. Se le resta peso también a otros dos hechos: el partido había sufrido la escisión de la “banda de los cuatro”, que confluiría con los liberales, y Foot era personalmente muy poco popular.

La prescripción de que toda elección se gana en el centro, por otra parte, es una certeza que el comportamiento electoral en otras democracias europeas está poniendo en crisis. Por izquierda, como en Grecia, o por derecha, como en Francia, bipartidismos relativamente sólidos son puestos en crisis por desafiantes que vienen de los márgenes. Pero se sobresimplifica la revuelta ciudadana que esos procesos encarnan cuando se la grafica linealmente de izquierda a derecha y no se la interpreta en un eje vertical que opone lo alto a lo bajo.

Si entendemos a Corbyn también desde esa clave, podemos ver el potencial (realizado parcialmente en la interna partidaria) de movilizar a los abstencionistas (un tercio del padrón electoral británico) y de recuperar a parte del voto laborista que migró al Partido de la Independencia (UKIP) como opción antielitista. En la geometría bidimensional del establishment laborista este “salto” (dejando en el medio a liberaldemócratas y conservadores) sería imposible, pero Corbyn puede estar equipado con ese je ne sais quoi plebeyo que le ha faltado a tantas izquierdas europeas ante el desafío del antielitismo de ultraderecha.

 

Publicado en El Estadista nº 130, 1º de octubre de 2015.

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