Un dron en un choque de fuerzas imperiales

Gabriel Puricelli

“Tenemos el petróleo. El petróleo está seguro. Sólo dejamos tropas allí por el petróleo”. Con esa afirmación ante las cámaras siempre amigables de Fox News, Donald Trump reactualizó uno de los relatos más corrientes acerca de las razones de EE.UU. para inmiscuirse en los asuntos de Medio Oriente. Como no podía dejar de redondear, en esa misma entrevista de hace pocos días también sugirió que podría “tomar” ese petróleo, es decir, cometer un acto de pillaje que es considerado un crimen de guerra por la Convención de Ginebra.

Como casi todo lo que dice Trump, su eficacia reside en lo que interpretan sus seguidores domésticos, independientemente de que pinte las cosas exactamente al contrario de cómo son. En este caso, la eficacia es mayor aún: su afirmación calza como un guante en las visiones vetustas de muchos que aborrecen al actual presidente estadounidense y siguen pensando, contra toda evidencia, que los EE.UU. mantienen su posición de siempre en Medio Oriente y que esa posición se explica, casi exclusivamente, por su sed de petróleo.

Cualquier análisis de las condiciones en que EE.UU. decide el asesinato selectivo de comandante de la Fuerza Quds de Irán Qasem Soleimani debe comenzar por esto: se trata de una acción agresiva y espectacular, pero es llevada adelante en el contexto de una retirada estratégica de EE.UU. de Medio Oriente. Lo primero que debería saltar a la vista es la naturaleza táctica de un ataque, del que cabe decir que es gatillado por una imagen que Trump quiso borrar instantáneamente de la retina de sus compatriotas: la de una turba de iraquíes pro-iraníes ingresando a la embajada estadounidense en Bagdad, emplazada en el inner sanctum de la presuntamente híper-segura zona verde de esa capital. La naturaleza ofensiva del misilazo contra el hombre insignia del expansionismo iraní en Medio Oriente no replantea en lo más mínimo la definición estratégica de EE.UU. de achicar su presencia militar en la región.

Continuando un proceso iniciado por Barack Obama tras la firma del Plan de Acción Integral Conjunto con Irán, los restantes países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, la Unión Europea y Alemania, en 2015, Trump fue reduciendo el número de tropas en la región y no invirtió esa tendencia ni siquiera después de romper unilateralmente el mencionado acuerdo para detener la proliferación nuclear iraní, en 2018. Tan definido está este rumbo estratégico, que sólo días después del asesinato de Soleimani se filtró una carta del General de Brigada William Seely, el marine estadounidense a cargo de la comandancia general de la coalición de países de la Fuerza de Tareas Irak, en la que informaba al gobierno de ese país el retiro inminente de todas las tropas. Aunque luego el Departamento de Defensa negó la validez de esa carta, se trató de un ejercicio de relaciones públicas destinado a evitar que el desmentido anuncio fuera visto como una consecuencia del voto no vinculante en el parlamento iraquí del 5 de enero pidiendo el retiro de las tropas. La desmentida no significa que el retiro paulatino programado de las tropas no continúe.

Si la disminución del número de tropas no fuera suficiente, EE.UU. venía dando muestras de una paciencia pocas veces vista con la sucesión de acciones agresivas iraníes desde que EE.UU. se retirara del acuerdo multilateral con Irán, incluyendo ataques a naves comerciales de países de la OTAN en el Estrecho de Ormuz, por no entrar a detallar sus acciones en Yemen, Gaza, Líbano y Siria o el ataque con drones a una refinería de Arabia Saudita.

Podemos decir, que el ataque al aeropuerto de Bagdad que termina con la vida de Soleimani, entonces, tuvo un sentido eminentemente táctico. Las “líneas rojas” más allá de las cuales Irán se haría acreedor a una retaliación de EE.UU. fueron mencionadas pero nunca definidas por Trump, hasta que Irán cruzó una línea roja obvia: hacer que por un momento el actual presidente estadounidense se pareciera a su predecesor Jimmy Carter. Al tornar verosímil la idea de la ocupación de la embajada en Bagdad por los mismos que habían ocupado la misión en Teherán, tras el triunfo de la Revolución Islámica en Irán en 1979, las milicias iraquíes teledirigidas por la Fuerza Quds forzaron el dedo en el gatillo de Trump. Aunque tras el asesinato de Soleimani algunos de sus oponentes domésticos acusaron a Trump de buscar la guerra en Medio Oriente para ganar las elecciones en casa, resulta más ajustado a los hechos decir que Trump decidió la ejecución selectiva para no perder esas elecciones. Y no se trata aquí de un juego de palabras: Trump toleró ataques a aliados y a posiciones propias, pero el precio máximo que estuvo dispuesto a pagar fue el de la amenaza a su propia reelección. Es decir, para no pasar a integrar la lista de los presidentes estadounidenses que fracasaron en obtener un segundo mandato, que hoy sólo integra Carter, necesitaba evitar ser tomado por sorpresa por los mismos seguidores de los ayatolás que humillaron al entonces presidente en 1979 y abrieron la puerta (cuanto peor, mejor) para la llegada a la Casa Blanca de Ronald Reagan.

La respuesta iraní al asesinato del héroe de los ayatolás fue el fiasco más grotesco (y de los más sangrientos) de la época reciente y sepultó (al menos temporariamente) los planes del régimen teocrático para aplastar las protestas populares en Irak e Irán. Lo que arrancó como un ataque misilístico coreografiado para evitar bajas estadounidenses en una de las bases de Washington en Irak, se completó desastrosamente con el derribo de un avión comercial ucraniano sobre Teherán, error que el régimen debió admitir casi de inmediato y que reencendió las protestas dentro de Irán que éste había aplacado a sangre y fuego en los meses pasados.

Mientras que EE.UU. da un paso táctico al frente al matar a Soleimani, pero no abandona su definición estratégica de disminuir su presencia en Medio Oriente, Irán da un paso táctico de más al azuzar la ocupación de la embajada estadounidense por sus milicias iraquíes y complica involuntariamente la estrategia agresiva y expansionista que (con la Fuerza Quds como instrumento privilegiado) viene desplegando no sólo en Irak, sino en Siria (como pilar fundamental del régimen de Bashar Assad), en Yemen con las fuerzas hutíes, en Gaza con Hamás y la Jihad Islámica y en Líbano con Hezbolá. En los casos de Irak, el Líbano y Siria, la principal preocupación iraní es evitar que distintos formas de descontento popular pongan en cuestión la influencia iraní sobre esos países. En los dos primeros países, manifestaciones callejeras de larga duración y gran envergadura tenía entre sus principales impugnaciones el papel “subimperialista” de Irán, mientras que en Siria son los bolsones remanentes de oposición democrática a Assad los que expresan ese desafío. En Siria, de manera abierta y en Irak, mediante métodos paraestatales, Irán ha masacrado a miles de ciudadanos. Más puntualmente, en Irak, el instrumento para esas masacres han sido las mismas milicias que intentaron el copamiento de la embajada, en un intento desesperado y vano  por transformar el descontento anti-iraní en protesta anti-estadounidense. A la cabeza de este fallido intento estaba el referente miliciano iraquí Abu Mahdi al-Muhandis, otro de los asesinados por el dron estadounidense en el aeropuerto de Bagdad.

¿Dónde nos dejan entonces estos últimos hechos? Si miramos Medio Oriente en su conjunto, EE.UU. persiste en su lenta retirada y en su apuesta a un favorito, Arabia Saudita, para alcanzar un equilibrio de poder regional con Irán. Tanto la decisión de Obama de desescalar, como la de Trump de retirarse militarmente y ahogar económicamente a Irán, hay una constatación: a EE.UU. le sobra músculo militar para aplastar a quien se le ponga enfrente, pero carece de la capacidad (o la voluntad, que supo tener el imperio inglés) de construir orden posbélico estable. En ese sentido, la acción bélica sólo puede llevar a victorias pírricas, no importa cuán pequeña sea la pérdida en vidas y humana y económica. La autosuficiencia que ha alcanzado en abastecimiento de petróleo con el boom de la extracción por fractura hidráulica en su propio territorio ha independizado a EE.UU. de Medio Oriente y creado las condiciones materiales para minimizar su presencia allí.

Irán, por su parte, descubre los pies de barro del coloso que ha construido en todos los lugares de la región donde ha sido capaz de poner un pie. La penuria económica que le causan las sanciones y la “máxima presión” económicas impuestas unilateralmente por Trump lo ponen al borde de una crisis por “overstretching”, es decir, evidencian lo fatigoso de estirar sus recursos al límite de lo que pueden dar. A una escala planetaria, ese fue uno de los factores que provocaron la fatiga de materiales de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y eso los estrategas persas no pueden no tenerlo presente.

Finalmente, un beneficiario neto a quien le basta asistir al juego de los restantes actores para mejorar, casi sin transpirar, su posición relativa en la región: Rusia. Como socio de la alianza tripartita con Assad y los iraníes en Siria o como rueda de auxilio para paliar el atraso tecnológico de Teherán asediado, Vladimir Putin ve crecer el valor de sus acciones y puede dar por sobrecumplido el objetivo que se había trazado en el clímax de la primavera árabe en 2011, que era el de no tener que sacar el pie del Mediterráneo. Rusia logrando el alto el fuego en la guerra civil en Libia es el fotograma más elocuente de una película que se encamina para Putin a ese final feliz que no está garantizado ni para los ayatolás, ni para EE.UU.

En cualquier caso, Medio Oriente sigue siendo el polvorín al que nos tiene acostumbrados desde hace más de medio siglo, con el potencial de hacer volar todo por los aires, incluyendo los análisis que nos creemos capaces de hacer sobre ese territorio volátil.

Nota publicada en Revista Replanteo, edición de febrero de 2020.

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