El juego de las diferencias entre Chávez y Capriles

Gabriel Puricelli

La segunda cosa que el presidente venezolano Hugo Chávez Frías debe estar deseando en los días previos a la elección del domingo 7 de octubre, además de una distancia en las encuestas confortable, como las que se anunciaban en comicios anteriores, es que Henrique Capriles Radonsky deje de hacer tan bien su trabajo de parecérsele.

Con su aura de invencibilidad dañada por una derrota en el referendum constitucional para habilitar la reelección indefinida y por el empate en las elecciones parlamentarias de septiembre de 2010, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) enfrenta a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) en un terreno que no es el tan conocido de la polarización ideológica a la que tan dócilmente se prestaron Henrique Salas Römer en 1998 y Manuel Rosales en 2006, sino en una pista resbalosa donde el recuerdo reciente de la recesión del período 2009-2010 y la imagen de un Capriles hacedor à la Chávez son manchas de aceite que requieren de toda la destreza de su conductor. Mientras esto se escribe, muchas encuestas indican que el porcentaje de indecisos es mayor que la ventaja que el oficialismo le lleva a la oposición.

El pragmatismo de Capriles y la ansiedad de una oposición variopinta, cuyo tornasol va del “vinotinto” de los tránsfugas del chavismo a los colores más tradicionales de la derecha, y que no quiere pasarse otra generación en el llano, se combinan para darle a la MUD un atractivo entre votantes que el chavismo había fidelizado y que están chamuscados por el desempeño irregular de la economía. Capriles nunca aceptó mansamente ponerse en el lugar que Chávez le designara. Salvo por su confuso papel en el asedio a la Embajada de Cuba en los días del fallido golpe de 2002, cuando actuó tan convencido del éxito de la asonada como el resto de los partidos de la derecha, (incluido el suyo, Primero Justicia), Capriles ha dibujado con prolijidad obsesiva su perfil de outsider de la política tradicional, renegando de los símbolos de los partidos del Pacto de Punto Fijo (al tiempo que se beneficia de su apoyo) y actuando con vertiginosa hiperactividad en sus sucesivas gestiones como alcalde de Baruta, en el área metropolitana de Caracas, y en el contiguo Estado Miranda. Allí donde a sus predecesores los perdió la soberbia de descreer del consenso neodesarrollista construido con palabras y acciones por el chavismo, Capriles lo dio por sentado y se dedicó a gobernar con la obsesión de demostrar que podía hacer más y mejor que Chávez, sin preocuparse más de la cuenta por enfatizar que lo hacía distinto. Allí donde sus colegas en otros estados o municipios controlados por la oposición se abalanzaban sobre la carnada retórica que el presidente Chávez les arrojaba, el candidato presidencial eligió con cuidado sus partidas y esquivó cuantas veces pudo la tentación de victimizarse y, en el mismo acto, empequeñecerse.

Como sucede en todo proceso refundacional (y el chavismo lo ha sido, por vocación y por haber llegado al poder después de la implosión de un entero sistema político), al llegar un cierto punto de consolidación o de disminución del impulso que lo instauró, apareció un jugador que entendió las reglas del juego y desechó los lamentos de aquellos de sus aliados que no hacían más que lamentarse por haber sido sorprendidos por el cambio de reglas. Por otra parte, en su afán de refundarlo todo, el chavismo se entreveró en una larga discusión cuando forzó la fusión de toda la base de apoyo al gobierno en un partido único (dispensando de la obligación sólo al Partido Comunista). En el camino, perdió jirones de la izquierda que le había abierto camino en las elecciones de 1998 y 2000, pero no resignó caudal electoral. Esa virtud, se reveló a mediano plazo un defecto: el pase de esos sectores a la oposición no se tradujo directamente en votos, pero le dio verosimilitud a una noción implícita de poschavismo que Capriles ha explotado con esmero, sin caer nunca en la concesión explícita.

La elección se presenta, entonces, sorprendentemente competitiva, a pesar de la recuperación del crecimiento económico en los últimos 20 meses que el PSUV creía que bastaría para revertir el escenario del angustioso empate en las últimas parlamentarias. Eso, descontando el enorme esfuerzo personal de Hugo Chávez, que ha lidiado con un debilitante tratamiento oncológico y ha logrado al mismo tiempo transformar buena parte de la ansiedad que afectaba negativamente su candidatura en un impulso positivo que la ha reforzado.

Lo que, visto en perspectiva, puede considerarse un triunfo estratégico del chavismo es la imposición de una agenda donde el crecimiento económico no se puede desacoplar de la atención prioritaria a las necesidades de los sectores más desfavorecidos. Sin embargo, esa agenda no lo pone a salvo de las críticas respecto de cuán eficazmente desarrolla esa tarea y más aún, lo hace vulnerable a los ataques “por izquierda”, que se apoyan en las mayores demandas de bienestar que el chavismo promovió y satisfizo en parte para justificar el llamado a reemplazarlo.

Sin una sola encuesta que indique que el ganador pueda ser Capriles, pero con pocas que le nieguen totalmente chances, el chavismo afronta la paradoja de un debilitamiento relativo que ocurre al mismo tiempo en que la oposición parece enfundar una parte de las ínfulas restauradoras de la derecha que predomina en la MUD y aceptar una medida de continuidad que ninguno de los golpistas de 2002 podría digerir.

Lo que vale dentro de Venezuela, puede aplicarse a las consecuencias regionales tal vez limitadas que tendría un cambio de gobierno en Caracas. Si Sebastián Piñera en Chile o Juan Manuel Santos en Colombia (este último tendiendo la mano al Chávez que se iba a las manos con Álvaro Uribe) no actuaron contra el consenso regional sudamericano, habría que encontrar razones que hoy no parecen muy evidentes para pensar en un Capriles discordante.

Una cosa es clara: si la amenaza de un cambio en Caracas pone justificadamente ansiosos a los que participan de la disputa, los que podemos darnos el lujo de observarla tenemos la tranquilidad de saber que el remezón encuentra una región en condiciones más que razonables para absorberlo. Hay consensos que la retórica no está dispuesta a admitir, pero que existen como reaseguro de que no hay ningún cataclismo en el futuro próximo de América del Sur.

Publicado en El Estadista, Buenos Aires, Argentina, 4 de octubre de 2012.

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